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Confort: el sabor íntimo de lo que nos salva. Por Nery Santos Gómez

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27 Febrero 2026 Arte y Cultura Correo electrónico Imprimir

pexels photo 269141La palabra confort —con n, como aconseja nuestra lengua— remite al bienestar, a la comodidad física o material; pero también al consuelo, a ese alivio emocional que nos devuelve a casa cuando el mundo aprieta. Como verbo, consolar es abrazar el dolor sin negarlo. Y quizá eso sea el verdadero confort: no la ausencia de heridas, sino la tibieza que las acompaña.

Pienso en el pan caliente con mantequilla. En hundir los dedos —y la memoria— en la masa suave recién salida del horno de mi madre. Aquellas formas caprichosas: carteritas, muñequitas con un puntico de anís que perfumaba la cocina entera. La corteza crujiente estallando entre risas y juegos, como si cada bocado confirmara que la infancia era un territorio seguro. Esa comida no solo saciaba el hambre: calmaba la nostalgia antes de que supiéramos nombrarla. Era sustento y era promesa.

La llamada comfort food no es un lujo gastronómico; es una ceremonia íntima. Un regreso. El sabor que activa un paisaje interior donde todavía somos invulnerables.

Pero el confort no habita solo en la mesa. Está también en la ropa que nos espera al final del día: la franela suelta, las medias sin liga que ya conocen la forma exacta de nuestros pies, ese pijama viejo que no descartamos porque guarda la silueta de nuestras horas más sinceras. No son las prendas más caras ni las más hermosas. Son las más nuestras. Las que no exigen postura ni maquillaje emocional. Las que nos permiten ser.

Existen también sitios de confort. Lugares a los que viaja la memoria cuando necesita calmarse: sonidos familiares, olores conocidos, la cadencia de una calle recorrida mil veces. Caminar en la tibieza del recuerdo y deslizar el alma por las mismas habitaciones donde fuimos felices. El confort es esa geografía invisible donde el tiempo no amenaza, donde las fronteras se desdibujan y el pasado no duele: acompaña.

Y, sin embargo, el confort no es estancamiento. Permanecer lo suficiente en nuestra zona segura nos da fuerza para salir de ella. Es desde esa base firme —desde ese pan compartido, esa tela suave, esos brazos abiertos— que nos atrevemos a explorar nuevos derroteros. La confianza que nace del amparo nos impulsa a creer en la vida y a probar lo desconocido. Solo quien sabe que tiene un puerto al cual regresar se anima a cruzar mares.

Y qué decir de las personas confort. Esas que nos dan paz sin esfuerzo. Las que nos invitan una bebida tan caliente como sus manos en invierno o tan fresca como su risa en verano. Las que nos acompañan con los ojos atentos y los brazos abiertos. Puertos donde descansar. No siempre solucionan nada —y, sin embargo, todo parece más posible cuando están cerca.

Decía Marcel Proust que “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”. Tal vez el confort sea eso: la capacidad de volver a lo esencial con una mirada agradecida. De entender que aquello que nos sostiene suele ser sencillo: pan caliente, tela suave, una voz conocida.

En tiempos de prisa y pantallas, hablar de confort es un acto casi subversivo. Es reivindicar la lentitud, el abrazo, el aroma que permanece. Es reconocer que necesitamos consuelo tanto como alimento.

Porque, al final, todos buscamos lo mismo: un lugar —una persona, un sabor, un recuerdo— donde el corazón pueda descansar sin miedo. Donde el mundo deje de ser intemperie y vuelva a ser hogar.

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